"No puedo parar de llorar. He intentado parar de pensar, pero no funciona. No esperas que estas cosas pasen. No puedes controlarlo, no puedes controlar nada.
Así es que estoy en un estúpida jornada de Puertas Abiertas y todos son unos mocosos y unos groseros, y luego veo a alguien. Yo nunca le había hablado a ella en Roundview.
Parecía no importar porque luego todo se puso muy divertido. Y para cuándo estábamos de camino a casa, ya nos contábamos secretos.
Yo quería mover mi mano. Tenía tantas ganas de moverla. Entonces ella movió la suya.
Desearía haberle dicho a Naomi cuán fácil es para míenamorarme de alguien.
Todos estamos solos y todo lo que queremos es a alguien que, tú sabes, nos preste atencióny nos diga que somos hermosas y adorables y que digan que nos quieren..."
Sencillamente, fuiste tú. Sin bailarinas, sin escenario tecnológico, sin plataformas que te elevaban, sin columpios gigantes y sin pila enorme de cojines. Sólo fuiste tú.
Estremeciste mi interior cuando abriste con tus increíbles altos con Fleurs Du Mal. No reaccionaba que estaba escuchándote y viéndote. Después de aterrizar, no hubo motivo que me despegara la sonrisa y que mis labios no dejaran de modular la letra de tus temas.
Es cierto, no te aprecié de cerca. No pude ver el color de tu maquillaje, alguna arruga que las cirugías y el photoshop repelen, ni mucho menos el místico color de tus ojos. Lo que sí vi es tu deslumbrante figura a los 49 otoños; tu blanquísima piel; tu largo, oscuro y rizado cabello que daban paso a unas prominentes caderas y tu busto alzado. Como dijo la señora sentada a mi lado, eres “una sirena”.
Te cambiaste vestido cada tres canciones, y como es tu costumbre, dejaste un atuendo único para Nessun Dorma: la novia de tiara virginal. Fue fascinante verte infundada en el mítico vestido rojo de Symphony, el blanco de Pasión y el ajustado y brillante grisáceo de Arabian Nights. Era revivir aún más cada momento donde la saliva se me caía cuando observaba encantado tus presentaciones en el televisor de mi pieza.
Y obviamente, tu voz…tu voz. Sencillamente, vales mucho más que la soprano más vendida de todos los tiempos. Tu tono popular es tan dulce como cualquier caramelo fino y tu tono lírico es simplemente torrentoso como un río que arrastra. Es cierto, hace años que perdiste tu cima vocal, pero es notable que mantengas ese imperioso registro después de 40 años cantando. Te hiciste acompañar de una montada banda con muchos violines y hasta una fugaz mandolina, un pequeño coro y unas coristas. Notable saber que tu hermana Amelia hacía muchas de las segundas voces.
Fuiste completamente la estrella. Conquistaste totalmente al público al decir esas memorizadas oraciones en español en la bienvenida. Ni Aki ni Lima nos importó, siempre toda la atención cayó en tu pomposo personaje.
Fue una brillante idea no conocer el tracklist. Me deslumbraste con cada acorde y verso al inicio de cada canción. Cuando interpretaste Who Wants To Live Forever, me fue inevitable morir con una de las notas finales, aquella donde en Las Vegas cierras tus delineados ojos, como si la respiración te la llevarás en ello.
Al terminar Harem, no controlé la emoción y maullé un “Wooooooooooooooooooooooo” que incomodó a mis vecinos. Luego, mi cuerpo tiritó y mi corazón se exprimió cuando me sorprendiste con He Doesn’t See Me. En esta última sentí mis ojos humedecidos cuando cantabas “I haven’t that grace”.
Cuando interpretaste The Phantom Of The Opera y comenzaste con la vocalización final, no podía dar crédito a que realmente subías y subías en la escala. Miraba hacia todos lados pensando que no era yo el que presenciaba y oí tal sublimidad. Cuando terminaste, fue obvia la ovación exaltada de todo Movistar Arena. Fue la primera vez que nos paramos para aplaudirte, y no como lo esperabas al final de Nessun Dorma hace minutos atrás.
Tu público, fue aristocracia y siutiquería pura, además de muchos gays de diversas edades. Hasta me pareció ver desfilar a Mary Rose McGill en las primeras filas. Estoy seguro que ni el 90% de allí conocía más de tres temas tuyos, algo de tu carrera o tu vida. No obstante, doy por firmado que todos salieron creyendo que, mínimo los 18000 pesos de tribuna, fue absolutamente una buena inversión.
Hiciste creer a todos que te ibas luego de Time To Say Goodbye, pero entre la ola de aplausos, volviste para regalarnos (pienso que sólo a Chile) un coreado y aplaudido Deliver Me.
Finalmente, siendo fiel a tus conciertos, cerraste con A Question Of Honour. Con ese impecable juego de luces, entre miles de manos juntándose, hiciste decenas de ademanes de agradecimiento y saludos, para girar en ese vestido rojo y desaparecer de escena.
Sé que quizás nunca más te vuelva a ver o a escuchar. Espero equivocarme con unas ganas tremendas.
Sólo me resta decir, que gracias a ti Sarah por musicalizar mi vida y llenarme de emociones durante las 4 horas que estuve sentado ahí, por tu música y lo que envuelves de mi vida en ella.
Dios. Hace semanas que quería escribir. Abulia desgraciada y poco sigilosa, no como Shakira.
Mucho tiempo atrás, hubo un momento en que por idea personal y motivación del protocolo correspondiente quise enviar las tarjetitas de agradecimiento y retribuir todos los globos multicolores con helio y todas las flores que recibí cuando estuve en ese cuarto de la clínica. Cuando terminaba de meter en ese pequeño sobre esa pequeña misiva, para mi hermana obviamente (la jerarquía rules), comenzaba a escribir la siguiente y en el instante que debía posar la punta del lápiz en el destinatario me detuve. Pensé. Ahí están las tarjetitas, en mi cajón de chucherías, como todo lo que hay ahí, quizás algún día las ocupe para volver a agradecer a mi hermana y a…los globos multicolores.
Cuando la señorita siempre linda, siempre piel perfecta, siempre lais, siempre abrigada, siempre sonriente, siempre que se ríe, siempre collar de piedritas que llama mi atención me preguntó: “¿por qué nadie?”. Después de eso, la señorita casi siempre ojos abiertos de impresión.
Y me importa un kilo de limones (en estos días regalados en las ferias) ―vaya a la feria a comprarlos para las lacrimógenas y el ceviche― ser algo más translúcido esta oportunidad.
La gran y poderosa Madame Circunstancias determinó que en su baile de máscaras, yo debía impresionarla con un solo de vals. Resultado: señorita siempre nice (representante de Madame Circunstancias) hoy toma té cada viernes a eso de las 2 p.m. en mi mesa y me recuerda los “fuertes” giros y piruetas que ejecuté en aquel baile realizado en el Salón Principal en el Palacio del Destino. Siempre termina riendo, tapando su boca con la servilleta de género, y me señala el mismo paraje: “tu cara de inseguridad contrastaba con la boquiabierta mueca de la Madame”. Yo en cambio, siempre con falsa modestia respondo: “no me esperaba los aplausos”.
El mejor regalo, y no por mi algo reciente cumple, llegó como en junio: la sensación del un acordado final de la codependencia. Así que, váyanse todos a bailar limbo con los haitianos.
No, en verdad no. Sigan en lo suyo, como lo hicieron/hacen/harán.
Obviamente, sigo sin entender esas discontinuidades y desvaríos bruscos y poco solventados vaivenes de las relaciones sociales. De esas personas que te mandan mensajes por algún canal virtual, que señalan/prometen juntas y muestran esa cara de desesperación por saber del otro y hacerse un tiempo en apretadas/vacías agendas donde uno no posee suficiente relevancia para concretarse, de esos que te hablan con tanta constancia y te siguen considerando el pozo ideal porque no gastas minutos hablando de ti, de esos que pelan amigos contigo y después te enteras de lovelies acercamientos entre ellos.
Recuerdo, hace como mes y medio atrás en una disco, alguien me indicó: “falta xyz persona”, sin filtro y sin pensarla se me escapó un pesado y certero “a mí no me falta nadie”. Wow. “Me has hecho falta” desapareció en la conjugación de verbos, pronombres y sustantivos hasta segundos atrás cuando lo acabó de teclear.
Poquitos días después, otra personilla me señalo algo así: “detesto tu autosuficiencia, siento que así no habrá espacio ni necesidad de mí”.
También me da por recordar esas promesas que suelo hacer con los ojos brillantes y pensando en que realmente será así, auspiciado por detergentes Encantador Futuro. Si hubiera cumplido aquellas palabras dadas, a ver…desde el 2006 viviría con dos niñas que les perdí el rastro cuando tenía 15, estaría bailando parte de un colectivo artístico de músicos independientes, tendría a tantas personas en mis hombros que debería vestir chaquetas como las de Lady GaGa, hubiera tirado y freído tantas cosas en algún local de comida rápida como parte de un trabajo part-time para solventar departamento con alguien, bailar Umbrella sobre una tumba, entre tantas cosas.
Carrie fue tan putamente sabia al señalar en un capítulo de la sexta temporada: “y está esa clase de citas q sabes nunca llegará”. La parafraseo para señalar: “y está esa clase de acciones que sabes nunca harás”.
Definitivamente a las personas nos gusta mentirnos y guardar apariencias. Sí, lo más seguro es que nos gusta mentirnos y nos gusta contar gente como apoyo. Ahora, también hay personas que gozan sacando y enumerando los pétalos de las flores. Así como hay otros, que guardamos esos pétalos arrancados en el cajón de chucherías y tanto stuff que tengo la esperanza ocuparé/puede servir un día. Si al final, la lovely esperanza de que todo resplandezca siempre existe.
¿Quién dijo que ya no me siguen brillando los ojos y que no sigo prometiendo?
Saludos cordiales, queridísimo lector.
P.D.: Si esto te parece pasado a caca, “bien por ti”. Equís De. Equis distancia.
El monje un día cayó por una cornisa del cerro mientras dejaba carne para los coyotes.
Sus fieles estaban rezando en el templo por sus problemas personales, por lo que no supieron de lo acontecido.
El rastro del monje se perdió por varios días. Muchos pensaron que el sacerdote había marchado a reflexionar a algún lugar inhóspito.
Tiempo después, apareció. Visitó la iglesia y notó que en el libro de plegarias continuaba creciendo, como era la costumbre. Decidió profesar una misa.
Los parroquianos se mostraron contentos por el regreso, y la vez, preocupados por conocer dónde había estado el sacerdote. El sacerdote sonrió ampliamente, miró el cielo del lugar y dijo:
“En los momentos que más necesité, estuviste ahí. En los momentos donde sentí hambre, supiste alimentarme. En los momentos donde pasé frío, supiste abrigarme. En los momentos donde pensé que no existías, me demostraste que estabas ahí”.
Un ferviente saltó con entusiasmo y gritó: “Aleluya por la grandeza del señor”. El monje se acercó a él, se quitó su anillo de oro y se lo entregó. Así, repartió su sotana, su calzado y su collar.
El sacerdote, nuevamente miró al cielo, y con los vidriosos pronunció:
“Estos elementos me fueron dados para que enseñara y alimentará vuestra fe. Descubrí que el valor de ellos responde a sus plegarias. Cambien estos elementos por comida y dinero para sus familias. Sólo les pido, un poco de carne para alimentar a los animales”.
Nuevamente, el mismo parroquiano saltó y agradeció vociferando: “Nuestro monje nos ha demostrado la grandeza de nuestro Dios”.
El monje, derramó un par de discretas lágrimas, y habló en voz baja para sí: “ya nada me ata a ti, sólo las plegarias”.
Los fieles se marcharon a sus casas regocijantes de la bondad del sacerdote y la grandeza del cielo. Al día siguiente, el monje estaba en la salida del pueblo con una cesta repleta de carne.
La última vez que se le vio, fue alimentando a los coyotes en la vegetación del cerro. Los fieles todavía esperan su nuevo regreso, con la esperanza de nuevos regalos. Mientras, siguen con las plegarias.
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